10 de abril de 2009

[ Entrega 3 ]





LA REALIDAD CIRCUNDANTE: Un problema en torno a la literatura mexicana.

Una de las primeras preguntas desafiantes a las que me enfrenté en un curso de literatura mexicana fue respecto a la delimitación de lo que es literatura mexicana; pero principalmente: ¿cuándo comienza, con qué novela, con quién se inaugura la literatura mexicana?

Las posibilidades de respuesta son varias.

La literatura en México.

Se puede partir del comienzo de una de las partes que forman nuestra identidad como mexicanos, la de las culturas mesoamericanas que se asentaron y florecieron en el territorio que actualmente es nuestro país. En este caso hablaríamos de las culturas maya y mexica, principalmente por ser las que seguían vigentes a la llegada de los españoles. Desde esta perspectiva se pueden observar textos como el Popol Vuh, los poemas de Nezahualcoyotl y cientos de escritos sobre la cosmovisión de estos pueblos, como los primeros textos literarios de nuestro país, de nuestra cultura.

Sin embargo, a esta postura se le puede objetar por dos principales razones. La primera es, ¿realmente estamos hablando de literatura, de textos literarios? Claro que no. Estos textos fueron creados con fines distintos a los literarios; algunos para dogmatizar, otros para dejar huella de las cuestiones filosóficas y existenciales, y algunos más como textos a utilizar en determinados rituales.

La segunda objeción que se le puede hacer a esta postura es: ¿realmente los mexicanos somos descendientes directos de estos pueblos? La respuesta vuelve a ser no: como ya lo mencioné anteriormente, esta cultura no es sino una de las tantas que se fusionarán para dar como resultado nuestra cultura actual, la de México. Por ello no se le puede tomar como si estos textos fueran literatura mexicana; dado que pertenecen a una cultura distinta, con habla y escritura distintas a las nuestras.

Los siguientes textos escritos en México, que se podrían contar como parte de la tradición literaria en México son los diarios de navegación, cartas de relación y las historias de la conquista. En este caso las razones por las cuales no pueden considerarse como literatura mexicana –pese a que su gran mayoría estén atestadas de figuras retóricas (entre las más comunes se encuentran: hipérboles, metáforas y símiles)—, debido a que, al igual que los textos precolombinos, estos escritos nacen con fines diferentes de los literarios.

Me explico. Los diarios de navegación son, como su nombre lo indica, diarios en el que el capitán del barco va dando cuenta de todos los sucesos acaecidos a su flota, así como las cosas que vieron y que hicieron. Esto escrito de la forma más detallada posible.

Las cartas de relación, en cambio, surgen con el fin de co-relacionar lo escrito con las riquezas que llegaban al rey en España. Es decir, como una lista de las cosas que se le enviaban desde la Nueva España, con el fin de que el rey viera que las cosas llegaban íntegras a él. Estas cartas a su vez servían a fines políticos, ya que en ellos se establecían los nuevos pueblos fundados en nombre de la corona, las dimensiones, los recursos que se contaba, etcétera. Y por este medio era que la corona española podía compararse con la corona inglesa o la francesa, y ver en qué medida era potencia una frente a otra.

Asimismo ocurre con los libros de historia de la conquista, que surgen como una forma de narrar cada suceso importante en el proceso de conquista; sí, con un fin historicista, pero también con fines políticos (esta vez hacia el interior del Reino Español, con el fin de ganarse el favor del rey).

También se pueden dejar a un lado de la literatura mexicana, debido a que estos textos son escritos por españoles y meramente para un público español.

Entonces, propondría otra postura, si la fusión de los antiguos pueblos mesoamericanos con los españoles es lo que da esa diferencia entre esa lengua y esa escritura precolombina y la lengua y escritura que se dará en México, bien podríamos decir que la literatura mexicana llegaría a tener sus primeros exponentes en figuras como Sor Juana Inés de la Cruz.

Para este momento ya se ha adoptado el castellano como la lengua primordial para la comunicación en este territorio que se le dará posteriormente el nombre de México. No obstante, hay que notar que dichos escritores –netamente literatos– escribían bajo estructuras literarias de españolas, con una lengua española, y lo más importante: con personajes y temas españoles. Es decir, no se le puede considerar a esta parte de nuestra tradición literaria como mexicana, sino novohispana por ser una sucesión de lo que se venía escribiendo en España en esa época, nuevamente dirigido hacia un público español o, si se quiere, a los sectores más privilegiados de la Nueva España; y, por ello, con personajes y temas con los que se puedan identificar.

¿Pero el pueblo? ¿El resto de la población que a duras penas puede hablar el castellano y vive una realidad muy distinta a la retratada en esta literatura?

Acercándonos a la literatura mexicana.

El Periquillo Sarniento es la primera novela que es publicada en América, antes de terminada la Independencia de México. En 1916 esta obra aparece, al menos tres de sus cuatro partes, publicada en forma de novela por entregas. La novela completa aparece como tal hasta 1830. Más que por la coyuntura en la que aparece, es debido a la realidad que intenta retratar que es considerada como la primera novela mexicana.

La novela trata sobre la vida Pedro Sarmiento, un hombre que a través de escribir la historia de su vida intenta dejar una enseñanza a sus hijos. En el trayecto de la narración se muestran fragmentos de distintos ámbitos de la vida colonial: el jurídico, la educación escolar, la Iglesia católica, la vida en los barrios pobres y, de forma general, el folclore y las tradiciones mexicanas.

Sin embargo El Periquillo Sarniento es un caso aislado dentro de la literatura mexicana de su época. Esto debido a que las obras literarias de estos años, y los posteriores, continuaban escribiéndose para un público selecto; la elite, en su mayoría españoles o hijos de españoles.

Hasta este momento parece no existir una literatura mexicana como tal. Es decir, una literatura apegada a la nación, en la que se plasme la realidad y la ideología del mexicano. Ésta no llegaría a consolidarse sino hasta la época del Romanticismo, época en la que los poetas buscan consolidar una identidad y con ello reconstruir la nación, unirla, por medio de la articulación de los diferentes estados.

Para este fin surgen poemas como Profecía de Guatimoc, El amor de Ignacio Ramírez, El Atoyac de Ignacio Manuel Altamirano o Fusiles y muñecas de Juan de Dios Peza, por mencionar algunos. Que si bien se puede pensar que lo que seguramente hallará su lector son escritos viejos llenos de cursilerías, realmente lo que ocurre es diferente; pues estos gozan de un excelso trabajo creativo y artístico, e impresos de una emotividad sin igual que sorprenden y mueven a su lector.

No obstante, la novela mexicana no aparece sino con los costumbristas. Las novelas costumbristas, a veces entremezclándose con otros tipos de novela, como la sentimental y la social, narran historias de interés popular por su temática y sus escenarios. Algunos de los recursos de la novela costumbrista es el uso de palabras tomadas del habla popular, representación casi fotográfica de las escenas populares (costumbres, usos, hábitos, tipos característicos o representativos de la sociedad, paisaje, diversiones y animales), descripción de las raíces de las culturas autóctonas, ligada en ocasiones a una fuerte crítica social o moral.

La novela costumbrista daría paso a las posteriores corrientes, naturalismo y realismo, con las que la literatura mexicana alcanzaría su auge.



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PALABRAS ERRANTES

Nocturno de la alcoba (Xavier Villaurrutia)

La muerte toma siempre la forma de la alcoba

que nos contiene.

Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa,

se pliega en las cortinas en que anida la sombra,

es dura en el espejo y tensa y congelada,

profunda en las almohadas y, en las sábanas, blanca.

Los dos sabemos que la muerte toma

la forma de la alcoba, y que en la alcoba

es el espacio frío que levanta

entre los dos un muro, un cristal, un silencio.

Entonces sólo yo sé que la muerte

es el hueco que dejas en el lecho

cuando de pronto y sin razón alguna

te incorporas o te pones de pie.

Y es el ruido de hojas calcinadas

que hacen tus pies desnudos al hundirse en la alfombra.

Y es el sudor que moja nuestros muslos

que se abrazan y luchan y que, luego, se rinden.

Y es la frase que dejas caer, interrumpida.

Y la pregunta mía que no oyes,

que no comprendes o que no respondes.

Y el silencio que cae y te sepulta

cuando velo tu sueño y lo interrogo.

Y solo, sólo yo sé que la muerte

es tu palabra trunca, tus gemidos ajenos

y tus involuntarios movimientos oscuros

cuando en el sueño luchas con el ángel del sueño.

La muerte es todo esto y más que nos circunda,

y nos une y separa alternativamente,

que nos deja confusos, atónitos, suspensos,

con una herida que no mana sangre.

Entonces, sólo entonces, los dos solos, sabemos

que no el amor sino la oscura muerte

nos precipita a vernos cara a los ojos,

y a unirnos y a estrecharnos, más que solos y náufragos,

todavía más, y cada vez más, todavía.

Alma ausente (Federico García Lorca).

No te conoce el toro ni la higuera,

ni caballos ni hormigas de tu casa.

No te conoce tu recuerdo mudo

porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,

ni el raso negro donde te destrozas.

No te conoce tu recuerdo mudo

porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas,

uva de niebla y montes agrupados,

pero nadie querrá mirar tus ojos

porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,

como todos los muertos de la Tierra,

como todos los muertos que se olvidan

en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.

La madurez insigne de tu conocimiento.

Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico de aventura.

Yo canto su elegancia con palabras que gimen

y recuerdo una brisa triste por los olivos.

Comienza un lunes (Eliseo Diego).

La eternidad por fin comienza un lunes

y el día siguiente apenas tiene nombre

y el otro es el oscuro, al abolido.

Y en él se apagan todos los murmullos

y aquel rostro que amábamos se esfuma

y en vano es ya la espera, nadie viene.

La eternidad ignora las costumbres,

le da lo mismo rojo que azul tierno,

se inclina al gris, al humo, a la ceniza.

Nombre y fecha tú grabas en un mármol,

los roza displicente con el hombro,

ni un montoncillo de amargura deja.

Y sin embargo, ves, me aferro al lunes

y al día siguiente doy el nombre tuyo

y con la punta del cigarro escribo

en plena oscuridad: aquí he vivido.

Desvelado Caín (Franklin Mieses Burgos).

A la orilla del aire yo destruyo la sombra

delgada de los pájaros

solitarios que habitan caídos en el cielo

pequeño del rocío,

de ese húmedo espejo donde todas las cosas

del alba se derrumban,

se hunden en el frío metal en donde el trino

sonámbulo se hermana con la niñez del agua.

A la orilla del aire yo destruyo la rosa

del rosal, la azucena,

la nube y la guitarra que también es alondra

nacida en una nueva

presencia quejumbrosa de metales heridos.

A la orilla del aire yo destruyo el aliento

del ángel, la paloma.

Nada queda en mis manos que no rompa en procura

de mí mismo en el fondo,

en la íntima entraña sepulta de las cosas

donde lo eterno esculpe su máscara de siempre,

su soledad más honda.

Oh Padre imaginado

tras el terrible cielo por donde pasa el viento

del misterio soplando la voz de sus campanas!

—Qué cosa es que supongo hallar

tras de tu niebla?

Cuál enigma vislumbro oculto tras la negra

semilla de tu árbol?

La noche milenaria

que enroscada descansa sin rostro entre mis huesos,

la noche que me oprime por dentro y me devora,

no es la misma que cava con sus dedos de sombra

su abismo en los objetos?

Por aquí desemboco rodando hasta la gota

donde la más antigua de mis voces descansa.

Si tú el cálido aliento de tu pulmón soplaste,

para forjar del barro miserable la estatua

preciosa de la vida.

Yo levanté mi mano valiente hasta tu rostro,

para inventar la humana presencia de la Muerte.

Desde entonces yo he sido también un dios creador,

arquitecto único de ese orbe distingo

donde el fecundo cielo no hizo del verbo luz,

sorda parte de un mundo donde la intacta sombra

es virgen todavía.

No es Abel el que muere herido por el golpe

salido de mi mano, no es Abel el que muere.

Con él sólo destruyo las formas permanentes

del símbolo primero:

igual me hubiera sido la presencia de alba,

lo inmutable del cielo.

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