Una de las novelas que he leído en los últimos meses (que, además, han sido los meses en que he leído las novelas más difíciles de toda mi existencia, como lector), y que además pertenece a la lista de las novelas que más me han gustado, es Farabeuf.
Farabeuf o la crónica de un instante es lo que se puede leer en la pasta que antecede a la novela.
La certeza con que está narrada la novela, crea en el lector una incertidumbre respecto a los sucesos que se le relatan: nada es preciso, y sin embargo todo pudiera ser verdad, aunque no todo es cierto; no sé si me explique.
Margo Glantz en su análisis de la novela ha dicho que es una estupenda aplicación de la estructura de la novela detectivesca (o thriller) a una novela no perteneciente a este género. Otros críticos prefieren vincularla con el nouveau roman francés (o nueva novela o antinovela francesa), pero escrita en México por un mexicano, claro está, y otros prefieren simplemente no batallar al definirla y la suscriben a la tradición del realismo.
La novela en sí es una excepcional muestra del uso del lenguaje y un uso magistral de las imágenes, para crear en la novela un ritmo y una atmósfera poética que envuelven al lector desde su inicio.
A manera de muestra dejo unos fragmentos del texto:
"-¿Ve usted? Esa mujer no puede estar del todo equivocada. Su inquietud, maestro, proviene del hecho de que aquellos hombres realizaban un acto semejante a los que usted realiza en los sótanos de la Escuela cuando sus alumnos se han marchado y usted se queda a solas con todos los cadáveres de hombres y mujeres. Sólo que ellos aplicaban el filo a la carne sin método. En ello descubrió usted una pasión más intensa que la de la simple investigación, y es por eso que valido de su uniforme azul y sus polainas blancas, abriéndose paso a codazos y a empellones se colocó usted frente al "hecho" para crear en medio de él un espacio de horror después de haber colocado pacientemente su enorme aparato fotográfico.
[…]
Todas aquellas filosísimas navajas y aquellos artilugios, investidos de una crueldad necesaria a la función a la que estaban destinados, adquirían una belleza dorada, como orfebrerías barrocas brillando en un ámbito de terciopelo negro, fastuosos como los joyeles de un príncipe oriental que se sirviera de ellos para provocar sensaciones voluptuosas en los cuerpos de sus concubinas, o para provocar torturas inefables en la carne anónima y tensa de un supliciado.
[…]
La mirada todo lo invadiría con una sensación de amor extremo, con el paroxismo de un dolor que está colocado justo en el punto en que la tortura se vuelve un placer exquisito y en que la muerte no es sino una figuración precaria del orgasmo.
[…]
No pensaste jamás que ese espejo eran mis ojos, que esa puerta que el viento abate era mi corazón, latiendo, puesto al desnudo por la habilidad de un cirujano que llega en la noche a ejercitar su destreza en la carroña ansiosa de nuestros cuerpos. "
+¡Cuántas veces, al pasar las páginas de ese libro que describe la mutilación del cuerpo en términos de una disciplina metafísica habrás pensado que yo soy Farabeuf! ¿Por qué entonces quisiste morir para entregárteme en el momento en que viste girar la perilla de bronce de la puerta creyendo que quien la hacía girar era el Maestro?
[....] Tú la viste trasponer ese umbral, su bata de enfermera estaba manchada de excrecencias mortuorias, mas tú no lo quisiste creer. Quisieras ser ella, ¿verdad? No pensaste jamás que tú –cuántas veces habrá que repetirlo para creerlo–, que tú y yo no éramos más que el reflejo de esos seres turbios que amaban contemplar su rostro en este espejo, que deseaban ser nosotros, su reflejo. No pensaste jamás que ese espejo eran mis ojos, que esa puerta que el viento abate era mi corazón, latiendo
[...] imagen de una puerta que golpea contra un quicio mientras afuera, más allá de sí misma, la lluvia incesante golpea en la noche contra la ventana como tratando de impedir que tu última mirada escape, para que nuestro sueño no huya de nosotros, y se quede, para siempre, fijo en la actitud de esos personajes representados en el cuadro: un cuadro que por la ebriedad de nuestro deseo creímos que era real y que sólo ahora sabemos que no era un cuadro, sino un espejo, en cuya superficie nos estamos viendo morir
¿Qué es el azar? ¿Cómo se le define? ¿Qué lo caracteriza? El azar, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es definido como “Casualidad, caso fortuito” o “Desgracia imprevista”.
Ahora mi siguiente cuestión es: pero ¿el azar realmente existe?, ¿es éste el que rige nuestras vidas?, ¿o acaso existe una predestinación que nos guía a en cada paso que damos?
Pues bien, ¿porqué me pregunto esto? Hagamos historia.
El destino en la literatura.
A lo largo y ancho de la historia del Hombre ha existido la pregunta de si el hombre es el que rige y decide sobre su vida o, bien, si es que existe un destino prefijado al que no puede escapar.
Esta cuestión se puede observar en textos de la antigüedad clásica con los textos de Edipo (por parte de la predestinación) y el de Lisístrata (del lado del no destino). Esto mismo se puede observar al contraponer dos de las versiones de Medea, la de Séneca y la de Eurípides.
Otro ejemplo de esta disputa tácita se observa siglos después, en las obras de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, frente a la obra de su “contemporáneo” El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra. [Realmente la obra de Cervantes es entre treinta y cuanta años anterior a la de Calderón].
La época Romántica nos regala un sinnúmero de excelsos y estéticamente interesantes ejemplos de la disputa interna (es decir, dentro de las obras) de si el destino existe o no. Algunos de estos casos se presentan en las novelas de Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, Cumbres borrascosas de Emily Bronthe o la versión de Fausto de Johann Goethe. Asimismo, existen obras en que se ven bien definidas las posturas de los autores; como en Los miserables de Víctor Hugo(en apuesta por el hombre) y en Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (poniendo en alto el Destino).
Donde unos ven una gloria o una tragedia divina, otros ven un trabajo de astucia, inteligencia y poder humano. ¿Tradición nacional?, ¿religiosa?, ¿patología racial (refiriéndome a la raza humana, y no a la distinción interracial)? Quién sabe. Pero el destino ha sido una de las formas en que el hombre ha intentado explicar la razón de la ocurrencia de ciertos eventos; a veces apoyados en los astros, otras en la cábala, otras en los designios divinos (mono o politeístas), ad libitum.
El azar y el destino.
El azar, a parecer propio, es otra de las formas de nombrar al destino (en un momento lo explico); aunque ésta un poco más desinteresada y fría, y “objetiva”, según algunos.
Si bien es cierto que el azar no te obligará como el Destino a realizar tal o cual cosa (como el caso de Segismundo), sé es muy cierto que encontrará la forma de coartar tu “libertad” para realizar cualquiera de las demás “opciones” de acción que se presenten (como ocurre en la literatura con Jean Valjean). En ambos casos no significa que el personaje quiera ser (o hacer) determinada cosa; sino que, ésa, es la única alternativa viable, la única respuesta posible a su situación.
En la realidad (táctil, fáctica, sensible) (por el momento no discutiré la factibilidad de lo que conocemos como realidad) el azar se presenta al ser humano en forma de casualidad, de hecho inapelable y fortuito, o de oscura realidad inalienable (aleatoria e inarbitraria). Misma que sólo nos queda aceptar.
¿Pero es en verdad éste inalienable, aleatorio e inarbitrario como se supone?, ¿o es una verdad que se puede cuestionar, modificar e incluso gestionar?
Abro un paréntesis para aclarar que el libre albedrío como una forma de libertad, en su formato original (que en sí debe ser el único existente, a menos de que secretamente se haya hecho un cisma a causa de ello) es definido grosso modo como: la aceptación de una libertad siempre y cuando se actúe sabiendo que, si se actúa indebidamente (fuera de una norma establecida) el sujeto debe ser castigado. Entonces, ¿dónde queda la supuesta libertad ofrecida?
Es por ello que Nietszche nombra el libre albedrío como parte fundamental de la moral del Esclavo, frente a una moral del Amo, que no para en mientes si hace una acción buena o mala (como la distinguiría una moral tradicional), sino que sabe que todo lo que hace está bien y es la medid correcta o, mejor aún, la única medida. [Esta moral tiene unas características especiales (condicionantes), pero al momento no entraré en más detalles, y dejaré su explicación para mi Perorata sobre Hitler y los superhombres, que ya presentaré más adelante].
Sólo queda afirmar nuevamente que el libre albedrío supone una forma de predestinación, o destino coartado por la mano de algún dios (excluyendo, claro, la mano de Maradona).
La apuesta por el poder humano (suponer que el hombre puede dirigir y regentar su propia vida por sobre cualquier tipo de azar o destino) equivale a suponer que: 1) el hombre es en verdad una forma de dios y que por ello puede y, de hecho, rige su propia vida (enunciado por demás falaz y difícil de creer); o 2) que el humano en su conjunto es capaz de transformar su realidad por medio de la coerción de fuerzas (mismo que recuerda inmediatamente la propuesta de Habermas para reconstruir el materialismo histórico frente a las nuevas problemáticas de las sociedades del capitalismo tardío; y que produce un enorme y profuso dolor de cabeza).
La tercera propuesta en el papel es el panteísmo. Propuesta que no desarrollaré ampliamente porque no me la creerían. Baste con decir que el panteísmo supone que el hombre es uno con la naturaleza, el universo y dios mismo. Entendido de esta forma, todo lo que pasa en el mundo es consecuencia de una decisión tomada previamente (como intenta explicarlo el efecto mariposa científicamente); no sólo por el Hombre, claro, pero sí en su mayoría, dado que éste quien durante siglos ha impuesto su persona ante el orden natural.
Regresando al punto: ¿es el azar tan indescifrable y enigmático como se piensa?, ¿es tan difícil cuestionar su veredicto?
El azar como objeto.
La verdad es que no. O al menos eso puede suponerse si observamos los así llamados juegos de azar. ¿Cómo se puede aceptar dogmáticamente el azar si existen dados cargados, si existe forma de acomodar las cartas a favor o en contra de alguien, si se puede medir y practicar un volado; es decir, si se puede coartar y manipular la fuerza que supone dirige nuestras vidas? (Cierto, los juegos de azar son un espectro muy pequeño, pero sólo se intenta hacer un ejemplo a escala).
Los científicos mismos han intentado taladrar esa cortina de acero para el conocimiento que significa el azar.
Algunos de los intentos de los científicos por re-producir el azar ha sido por medio de la generación de series de números en los que han notado principalmente estos fallos: “las variables generadas mediante algoritmos determinísticos simulan el azar pero no dejan de ser una mera aproximación al contar con un periodo finito […] [y] algunos algoritmos pueden entrar en un bucle sin salida cayendo en la repetición periódica de una misma cifra o un conjunto de ellas, y en cualquier caso, pueden presentar sesgos, dependencias e irregularidades”.
Rafael Lomeña, de quien cito las anteriores palabras, en uno de sus artículos sobre su estudio del azar (centrado en su mayoría en la representación del azar como notación científica) titulado ¿Cuál es la fórmula matemática del azar?, termina por concluir dos cosas: 1) según el principio básico de la ciencia: “todo efecto posee una causa natural que lo provoca”; y, por lo tanto, el azar no existe, sino que es una invención del hombre, un “cajón desastre donde encajar todos los sucesos que escapan de su control y del análisis determinista y en el que las variables implicadas no pueden identificarse, calibrarse e interpretarse de forma tangible y objetiva.” Y 2) que por más intentos de los investigadores matemáticos, computacionales, etcétera, hagan por reproducir o simular el azar, “jamás conseguiremos alcanzar su plenitud, si algún día lo consiguiésemos perdería su esencia dejando de ser azar”.
El fin del camino.
¿El azar existe y rige nuestras vidas? ¿Hay un dios que todo lo ve y que ha decidido ya nuestro camino?
Pienso que cada quien sabrá la respuesta. Y si quieren saber más sobre el azar, aquí les dejo un trabajo interesante: http://www.monografias.com/trabajos18/azar/azar.shtml
Visitando la Biblioteca Pape de ciudad Monclova, me enteré por casualidad de una exposición doble de fotografías en las instalaciones del primer piso del edificio. Las exposiciones tenían los nombres De la cocina al ojo y Testigos silenciosos.
En De la cocina al ojo no me detuve demasiado; no porque ésta fuera mala, al contrario, sino porque el tema de la otra exposición está relacionado con uno de los que más atraen mi curiosidad: la Historia. Sin embargo, pude observar en cuanto exponían, la preocupación del curador por mostrar una diversidad latente en la cocina mexicana, así como la tradición de la misma y los cambios que ha sufrido a lo largo del tiempo. Así es como observé que se mostraban fotografías tomadas desde la década de los veinte del siglo pasado, casi hasta nuestra fecha; en las que aparecían personajes de distintas regiones del país, e incluso algunos extranjeros de alcurnia.
La exposición Testigos silenciosos me atrapó porque, como ya lo mencioné, trata uno de mis temas favoritos: la Historia.
La exposición está conformada por veinte fotografías tomadas en su mayoría por Agustín Víctor y Miguel Casasola de octubre de 1912 a diciembre de 1914. En estas se muestran escenas de la Revolución Mexicana poco conocidas e, incluso, insólitas para el espectador y tienen como punto de partida la violencia que desencadenó la decena trágica.
Tal es la sorpresa que se puede observar a Pancho Villa sentado en la silla presidencial, mientras que, a su izquierda, queda relegado Emiliano Zapata. Imagen que incluso a un asiduo lector de historia le puede parecer nueva, sorprendente.
De igual manera se pueden ver escenas más cotidianos (y no por ello menos interesantes) como es ver a los revolucionarios, la gente del pueblo, desayunando en el afamado Sanborn’s de los azulejos (que hasta la fecha sigue funcionando en la Ciudad de México, D.F.). o la fotografía de uno de los grandes escritores de la literatura, José Vasconcelos (quien además abogó demasiado por asegurar una educación básica de buena calidad) básica de buena calidad).
Las fotografías y la curaduría corren a cargo de la Fototeca Nacional de la INAH, y plantea mostrar un ritmo distinto del propiamente histórico; esto es, en vez de buscar explicar el proceso histórico global, intentan mostrar fragmentos de las distintas realidades de esa historia.
Y la cordura pueblerina del anciano miró su obra desierta.
Y suspiró.
Y dio la vuelta.
Y las cajas y su menor orden de cajas superpuestas miraron a la cordura del anciano del pueblo partir al pueblo sin otra razón que la que dicta la cordura.
Partir.
Cerrar la puerta.
Y al pueblo.
Las cajas y su menor orden de cajas superpuestas se miraron.
Y dieron la vuelta.
Los heraldos negros (César Vallejo).
Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
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