LA REALIDAD CIRCUNDANTE: El proceso creativo.
Existen en el mundo (o al menos en el área de literatura he sabido de varios) un sinnúmero de métodos distintos para llegar a la consumación de la creación artística.
Existe, como principio, la vaga teoría sobre la invención por medio de las Musas, hijas de Zeus y Mnemosina. Asimismo, existen escritores que afirman que la literatura es un oficio de nalgas, es decir, de una práctica constante de la escritura y de estar creando y desechando ideas. Otros, como el caso específico de Cortázar (tan sólo por mencionar a uno de los tres o cuatro que he sabido tienen esta teoría), piensan que la inspiración llega después de un período de transe, de contemplación, de pensar en todo y a la vez pensar en nada. Cortazar, a este proceso, le ha denominado “papar moscas”, porque es así, uno se sienta y pone la vista fija en una parte y de repente, ¡boom!, ahí está la idea. He leído también que “tres aspectos indispensables si se quiere abordar la profesión de escritor, [son]: leer, vivir y escribir”. Y si se quiere también están los métodos más sofisticados como el paranoico-crítico de Dalí.
Pese a que no desdeño ningunote estos métodos, que en diferentes grados me parecen interesantes, he intentado plantear a mi vez un método personal estratificado y sencillo de entender problema (es decir, del proceso de escritura, que bien podría utilizarse para entender un proceso de creación de cualquier disciplina). La propuesta no es del todo innovadora, advierto, pero sí útil al momento de esclarecer en qué parte del proceso existe la diferencia entre un artista y otro.
El método consiste en seguir los pasos básicos del método científico propuesto por Francis Bacon: observación, inducción, hipótesis, experimentación, demostración o refutación de la hipótesis, conclusiones.
La observación es un acto implícito en todo acto creativo. Para crear, es indispensable contar con un bagaje previo que pueda servir al artista al momento de su creación. Es por ello que es necesario siempre observar, estar atentos, cuidar los pequeños detalles y las grandes consecuencias.
La inducción es entendida como la extracción de un principio general de un grupo de observaciones y de experiencias particulares. En el caso de los artistas, esto refiere a crearse una propia postura respecto al mundo; una verdad y una realidad propia que es su forma de ver el mundo.
El siguiente paso es la creación de una hipótesis, es decir, el conformar una idea de cómo debe ser su creación personal, y que en ocasiones incluye una visión global del arte, de la estética, del estilo y del acto creativo. Esta hipótesis es la semilla de cada una de las obras a crear. Si dicha hipótesis se ve alterada, es lógico que la producción cambie en cierto modo.
De la hipótesis se deviene la experimentación, el ir creando e ir experimentando con elementos distintos (temas, voces narrativas, materiales, colores, dimensiones, etcétera) que con el paso del tiempo (y un sinnúmero de ajustes) llegarán a conformar la obra de arte.
La demostración o refutación de la hipótesis es un punto claro: la obra es aceptada o rechazada. Sin embargo, la diferencia radica en quién es quien la rechaza, quién es la que decide que ésta es un fracaso. Por ejemplo, se sabe que Juan Rulfo desechó una novela sin siquiera darla a su editor. De igual forma, se sabe que Juan Ramón Jiménez persiguió por muchos años la primera edición de su primer libro porque le daba vergüenza, y que cada vez que encontraba un ejemplar lo destruía. O como el caso de cientos de artistas que mueren sin publicar o exhibir su trabajo y que años después se les descubre como genios del arte.
La teoría científica en este caso se plantea como: el modo de crear las cosas. Es decir, un estilo propio y particular; estilo que distingue a un Vallejo de un García Lorca, a un Gehry de un Calatraba, y a un da Vinci de un Mondrian, y que cientos de admiradores intentarán seguir y copiar.
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PALABRAS ERRANTES.
Letanía para cortometraje La fórmua secreta (1969) de Rubén Gámez (Juan Rulfo).
I
Ustedes dirán que es pura necedad la mía,
que es un desatino lamentarse de la suerte,
y cuantimás de esta tierra pasmada
donde nos olvidó el destino.
La verdad es que cuesta
trabajo aclimatarse al hambre.
Y aunque digan que el hambre
repartida entre muchos toca a menos,
lo único cierto es que todos
aquí estamos a medio morir
y no tenemos ni siquiera
donde caernos muertos.
Según parece
ya nos viene de a derecho la de malas.
Nada de que hay que echarle nudo ciego a este asunto.
Nada de eso.
Desde que el mundo es mundo
hemos andado con el ombligo pegado al espinazo
y agarrándonos del viento con las uñas.
Se nos regatea hasta la sombra,
y a pesar de todo así seguimos:
medio aturdidos por el maldecido sol
que nos cunde a diario a despedazos,
siempre con la misma jeringa,
como si quisiera revivir más el rescoldo.
Aunque bien sabemos
que ni ardiendo en las brasas
se nos prenderá la suerte.
Pero somos porfiados.
Tal vez esto tenga compostura.
El mundo está inundado de gente como nosotros,
de mucha gente como nosotros.
Y alguien tiene que oírnos,
alguien y algunos más,
aunque les revienten o reboten nuestros gritos.
No es que seamos alzados,
ni es que le estemos pidiendo limosnas a la luna.
Ni está en nuestro camino buscar de prisa la covacha,
o arrancar pa'l monte
cada vez que nos cuchilean los perros.
Alguien tendrá que oírnos.
Cuando dejemos de gruñir como avispas en enjambre,
o nos volvamos cola de remolino,
o cuando terminemos por escurrirnos sobre la tierra
como un relámpago de muertos,
entonces tal vez llegue a todos el remedio.
II
Cola de relámpago,
remolino de muertos.
Con el vuelo que llevan,
poco les durará el esfuerzo.
Tal vez acaben deshechos en espuma
o se los trague este aire lleno de cenizas.
Y hasta pueden perderse
yendo a tientas
entre la revuelta oscuridad.
Al fin y al cabo ya son puro escombro.
El alma se ha de haber partido
de tanto darle potreones a la vida.
Puede que se acalambren
entre las hebras heladas de la noche.
O el miedo los liquide
borrándoles hasta el resuello.
San Mateo amaneció desde ayer con la cara ensombrecida.
Ruega por nosotros.
Ánimas benditas del purgatorio.
Ruega por nosotros.
Tan alta que está la noche y ni con qué velarlos.
Ruega por nosotros.
Santo Dios, Santo Inmortal.
Ruega por nosotros.
Ya están todos pachiches de tanto que el sol les ha sorbido el jugo.
Ruega por nosotros.
Santo san Antoñito.
Ruega por nosotros.
Atajo de malvados, retahíla de vagos.
Ruega por nosotros.
Cáfila de bandidos.
Ruega por nosotros.
Al menos éstos ya no vivirán calados por el hambre.
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Segunda Evasión (Franklin Mieses Burgos).
—Quién encendió la lámpara perenne de la rosa?
Quién desató el pequeño enigma de la hoja,
de la apretada piedra donde habita el silencio?
Cuando el ángel pregunta ya deja de ser ángel;
la ignorancia es la espada desnuda que defiende
su rosa de inocencia;
la rosa que no sabe ella misma el origen
terrible de su nombre, de su propio fantasma
cerrado como un nudo de aroma hasta la muerte.

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